miércoles, 29 de mayo de 2013

EXHORTACIÓN PASTORAL

LA SANTA CENA

Este domingo, como todos los primeros domingos de mes, tendremos la oportunidad de participar en nuestra congregación de la Santa Cena.  ¿Te has preguntado acerca de la naturaleza de este sacramento y del significado para nuestra vida?

El Evangelio según Lucas nos relata que los discípulos que se dirigieron a Emaús, el primer día de la resurrección, cuando llegaron a la aldea, como era tarde, invitaron a Jesús, compañero de camino,a quien no habían reconocido, a quedarse con ellos.  Estaban sentados los tres alrededor de la mesa, cuando el Señor, adelantándose, tomó en sus manos el pan, lo bendijo, lo partió y lo compartió.  En ese preciso momento, Cleofas y su compañero reconocieron a Cristo Resucitado.  Más tarde testificaron en presencia de los once y otros creyentes cómo reconocieron al Resucitado al partir el pan.

Lucas, el autor de este relato de fe, en un segundo escrito, conocido como Hechos de los Apóstoles, señala que el gesto de la fracción o partimiento del pan, junto con la perseverancia en la doctrina de los Apóstoles, en la comunión de los unos con los otros  en las oraciones(Hechos 2:42), constituía una de las prácticas fundamentales de la iglesia cristiana.  ¿Lo es hoy también?  ¡Claro que sí!  Tengamos en cuenta que la fracción o partimiento del pan equivale a la Santa Cena, sacramento, al igual que el Bautismo, instituido por Jesús.

El relato más antiguo de la institución de la Santa Cena o fracción del pan lo encontramos en la primera carta del Apóstol Pablo a los cristianos de Corinto.  "El Señor Jesús, la noche que fue entregado tomó pan, y habiendo dado gracias, lo partió y dijo:  Tomad y comed; este es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí.  Así mismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo:  Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis en memoria de mí."  Y añade el Apóstol:  "Así, pues, todas las veces que comiereis este pan y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga" (1 Corintios 11: 23-26).  Las palabras de Pablo son claras:  Celebrar la Santa o fracción del pan en la Iglesia, nacida y alimentada por la experiencia de la resurrección, es hacer memoria de la muerte redentora y salvadora de Cristo en la cruz.  La palabra griega que es traducida por memoria es "ANAMNESIS", y significa más que recordar; ya que se trata de traer a la mente no un mero recuerdo de algo que sucedió hace muchos años atrás, sino internalizar ese  hecho, en este caso la experiencia de la muerte de Cristo, de tal modo que provoque en nuestro espíritu una respuesta de amor a Dios y, por consiguiente, hacia todos aquellos que han sido y son objeto del amor de Dios.  Sólo así, los cristianos "anuncian" o proclaman la muerte del Señor "hasta que Él venga".

La Santa Cena, fracción o partimiento del pan, encuentra su expresión adecuada, como vemos en el episodio de su institución y en el episodio de los discípulos de Emaús, en la proclamación de la palabra.  Ciertamente Jesús se manifiesta y es reconocido en la Santa Cena en el gesto de partir el pan, pero antes hay un proceso de discernimiento de las Escrituras, ya que ellas revelan a Cristo y su misión salvadora.  "¿No ardía nuestro corazón en nosotros mientras nos hablaba en el camino y cuando nos abría las Escrituras?" (Lucas 24: 32).  Palabra y Sacramento(Santa Cena) son aspectos integrantes  de la manifestación plena del misterio del amor de Dios en Cristo en el mundo.

La Santa Cena o fracción del pan es llamada también "Comunión", ya que no se trata de un acto privado, sino comunitario, efectuado en estrecha relación con Dios y con los demás...  "Porque come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor (que es comunión de vida), juicio come y bebe para sí" (1 Corintios 11:29).

Acerquémonos siempre que tengamos oportunidad a la mesa del Señor con renovada disposición.  Cristo está presente(Calvino habla de presencia real) y nos invita a participar del don de la vida; pero antes abramos nuestro corazón al amor y al perdón de Dios.  Sólo así somos bienvenidos a la mesa y la Santa Cena cobrará sentido y expresión en nuestra vida.

Rev. Salvador Gavaldá Castelló

viernes, 24 de mayo de 2013

EXHORTACIÓN PASTORAL

DOMINGO DE LA TRINIDAD

EL ESPÍRITU SANTO Y JESUCRISTO
El pasado domingo celebrábamos la fiesta de Pentecostés.  En el mensaje se nos invitaba a reflexionar acerca de la particular y providencial presencia de Cristo Resucitado en cada uno de los creyentes por medio del Espíritu Santo.  ¿Qué tal si este domingo, que sigue inmediatamente al de Pentecostés, reflexionamos en la exhortación pastoral acerca de la estrecha relación entre el Espíritu Santo y Jesús, el Cristo.
Ireneo de Lión, escritor cristiano del Siglo II, describe simbólicamente a Dios Padre extendiendo sus brazos al mundo.  Uno de los brazos simbolizan a Cristo, quien vino al mundo para redimir al ser humano del pecado con el poder de la cruz; el otro brazo simboliza al Espíritu Santo, quien obra en cada uno de nosotros convenciéndonos del amor y el perdón de Dios, manifestado en la obra redentora de Cristo y capacitándonos, por medio del don de la fe, para responder al proyecto de vida eterna que el cielo gratuitamente nos ofrece.  En ambos brazos Dios Padre nos acerca su corazón.
Si hemos de vivir una vida victoriosa, como señaló Billy Graham, necesitamos el doble don:  Por una parte la obra de Cristo por nosotros y, por otra, la obra del Espíritu en nosotros; ya que el Hijo fue enviado por el Padre al mundo para salvarnos y el Espíritu Santo fue enviado a nuestros corazones para hacer realidad la salvación que Cristo nos trae..."Cuando se cumplió"- indica la Escritura- el tiempo, Dios envió a su Hijo, que nació de mujer, para dar libertad a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.  Y por cuanto somos hijos, envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama:  ¡Abba, Padre! Así que ya no somos esclavos sino hijos; y si hijos, también herederos de Dios por medio de Cristo"(Gálatas 4:4-6).
La doctrina acerca del Espíritu Santo ha sido ampliamente desarrollada en los escritos del Nuevo Testamento, pero siempre en estrecha relación con Cristo y su obra.  Esto lo podemos ver particularmente en los Evangelios.
Juan nos recuerda las palabras de Jesús en lo que se ha llamado "el discurso de despedida".
"Yo le pediré al Padre que os mande otro Defensor, el Espíritu de la Verdad, para que esté siempre con vosotros... Os estoy diciendo todo esto mientras estoy con vosotros, pero el Espíritu Santo, el Defensor que el Padre va enviar en mi nombre, os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que os he dicho"(Juan 14: 16-26).
"Os digo la verdad:  es mejor para vosotros que yo me vaya.  Porque si no me voy, el Defensor no vendrá para estar con vosotros; pero si me voy, yo os lo enviaré"(Juan 16: 7).
"Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él os guiará a toda verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que dirá todo lo que oye, y os hará saber las cosas que van a suceder.  El me honrará a mí, porque recibirá de lo que es mío y os lo dará a conocer"(Juan 16: 13-14).
Los evangelistas sinópticos, entre otras cosas, nos refieren aspectos de la vida de Jesús en los que el Espíritu Santo tiene una particular intervención:
Jesús fue concebido en María por obra y gracia del Espíritu Santo(Mateo 1: 18-20 y Lucas 1: 30-35).
En el bautismo administrado a Jesús por Juan el Bautista en el río Jordán, el Espíritu Santo se hizo presente allí como en forma de paloma,(Mateo 3: 16; Marcos 1: 10 y Lucas 3: 21-22).
El Espíritu Santo, después de ser bautizado Jesús, le conduce al desierto para ser tentado por el diablo(Mateo 4: 1; Marcos 1: 12 y Lucas 1: 4).
Juan bautizó con agua, pero el bautismo con el que Jesús bautizará será en el Espíritu Santo(Mateo 3: 11; Marcos 1: 8 y Lucas 3: 16).
Jesús regresó a la Galilea por el poder del Espíritu Santo para dar inicio a su ministerio público.(Lucas 4: 14).
El mismo Jesús, citando a Isaías, reconoce que el poder en su ministerio procede el Espíritu Santo(Mateo 12: 15-2; 12: 28 y Lucas 4: 16-21).
Jesús promete que el Espíritu Santo asistirá y hablará por los cristianos que darán la cara por el Evangelio.(Mateo 10: 20; Marcos 13: 11 y Lucas 12: 12).
La relación de Cristo con el Santo Espíritu es tan estrecha que, como indicara Ignacio Hazim, Obispo Ortodoxo, Cristo sin el Espíritu Santo sería una figura del pasado, y su Evangelio letra muerta, pues sin la inspiración del Espíritu no se tendría acceso a Jesús reconociéndoles como Señor, ya que el que no tienen el Espíritu de Cristo no es de Cristo"(Romanos 8:9b) y nadie "puede decir; Jesús es el Señor, sino habla por el poder del Espíritu Santo"(I Corintios 12: 36).
Rev. Salvador Gavaldá Castelló

domingo, 19 de mayo de 2013

EXHORTACIÓN PASTORAL

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

"Una particular y eficaz presencia"

En la plaza Roja de Moscú hay una famosa tumba, la de Vladimiro Ilich Utianov(Lenin), visitada en el pasado por millones y millones de seguidores y hoy, por escasos seguidores y bastantes curiosos.  El cuerpo se conserva en una urna de cristal a base de costosos tratamiento de químicos.  Allí hay una inscripción:  "Fue el más grande dirigente de todos los pueblos y de todos los tiempos.  Fue el salvador del mundo".  Es curioso... En las afueras de Jerusalén hay otra famosa tumba, excavado en roca, sencilla, visitada también por millones de personas.  Se le conoce como "La Tumba Vacía", y a la entrada hay una inscripción que dice:  "No está aquí...¡Ha resucitado!".  Es la tumba en la que fue depositado el cuerpo del Maestro de Galilea.  Lenin, como cualquier ser humano por famoso que haya sido... fue; sin embargo, Jesús de Nazareth... es, ya que ha resucitado y vive eternamente...  "¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?...  Y porque vive tiene pleno cumplimiento la trascendental promesa:  "Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo"; de modo que cada uno de nosotros, sus seguidores, podemos experimentar una particular y eficaz presencia de Jesús, el Resucitado, el Señor, el Cristo, en nuestra vida.

No cabe duda que la ausencia física de Jesús, una vez que resucitó y ascendió al cielo, debió suscitar una tremenda preocupación para sus inmediatos seguidores, cuyas vidas estuvieron tan impregnadas de la presencia física del Maestro y Señor...  ¿Cómo oírle?...  ¿Cómo interpretar sus enseñanzas y dar sentido a las mismas?...  ¿Cómo hacer frente a las dificultades que puedan surgir?...  ¿Cómo sentir el apoyo, consuelo y dirección de Jesús ante las mismas?...  ¿Cómo continuar su obra en la tierra?...  ¿Cómo organizarse como seguidores del camino, si el que es Camino apenas ha dejado esbozada la estructura de lo que posteriormente será llamada Iglesia?...  ¿Cómo ser buenos testigos de la Comisión?...  En fin...  ¿Cómo...?  Etc...  ¡Preguntas muy genuinas!  Es por eso que el Apóstol Juan les recuerda a los primeros cristianos en su evangelio lo que dijo Jesús, poco antes de partir, acerca de la naturaleza y particular presencia, una vez glorificado, y de la eficacia de esa presencia en la vida de su iglesia...  "Creéis en Dios, creed también en mí...  No se turbe vuestro corazón...  Me voy, pero con un propósito...  Descuidad, no os dejaré huérfanos".  E inmediatamente, Jesús empieza a describir la verdadera naturaleza de esa nueva presencia:  "Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador (állon parákleton=de la misma naturaleza) para que esté con vosotros para siempre...  El espíritu de la Verdad" es más...  "Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuere, el Consolador no vendrá a vosotros; más si me fuere, os lo enviaré.  Y... ¿qué hará?...  "El Consolador, el Espíritu de la Verdad, a quien el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que os he dicho"...  Y en esto de enseñar y recordar...  "No hablará por su propia cuenta; porque tomará de lo mío y os lo hará saber... Y haciendo esto...  me alabará y me honrará al mostraros mi gloria".

¡Qué palabras tan trascendentales!  ¡Dios se hace presente en Cristo en el corazón de cada creyente por medio de su Santo Espíritu!...  ¿Cuándo y cómo ocurre esto?  Es necesario para contestar a esta pregunta, asomarnos con renovada disposición a la experiencia de fe de los primeros discípulos de Jesús el día de Pentecostés, y valorar cada uno de los elementos que son parte de la riqueza inagotable de aquella primera efusión del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia.

El libro de los Hechos se abre con la narración de la última aparición de Cristo Resucitado, antes de ascender al cielo.  Los discípulos, a partir de ese momento, no volverían a verlo con los ojos físicos.  Antes de ascender al cielo, les mandó que no se fueran de Jerusalén y allí esperasen la promesa del Padre, la cual oyeron de él...  "Porque Juan ciertamente bautizó con agua, más vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro no de pocos días".

¿Qué puede significar el bautismo con el Espíritu Santo?, nos preguntamos...  ¿Acaso aquellos primeros cristianos no habían sido testigos de la resurrección de Cristo y la habían internalizado?...  ¿No habían elegidos y llamados, a la luz de la resurrección, para ser discípulos de Jesús?...  ¿No habían sido comisionados por el mismo fulgor de la resurrección para ir por el mundo y predicar el Evangelio y revestidos de autoridad para realizar en el nombre del Señor hechos portentosos?...  Al parecer, a estas alturas, los inmediatos seguidores de Jesús todavía no habían comprendido el sentido profundo del significado de ser bautizados dentro de no pocos días con el Espíritu Santo, y piensan en la posible restauración del reino de Israel.  Jesús no contesta directamente a la pregunta de sus discípulos de cuándo va a ser restaurado el reino de David, y pasa a explicar el bautismo con el Espíritu Santo diciendo:  "Recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta los confines de la tierra".  Esta afirmación en labios de Jesús es clave e indica la finalidad del derramamiento del Espíritu y, por consiguiente, del bautismo del Espíritu que los discípulos están a punto de recibir.  Recibirán el poder del Espíritu Santo, que es poder de Dios y serán, gracias a Él, testigos eficaces del Resucitado en todos los lugares del mundo.  Obedeciendo la orden de Jesús, los discípulos permanecen "unánimes juntos" (Unidos en corazón y propósito) en Jerusalén, no sin antes "perseverar en oración y ruego", cuando llega el día de Pentecostés.  ¿Qué pasó ese día?  El Espíritu Santo fue derramado en los corazones de los primeros seguidores del Señor Jesús, y ese derramamiento estuvo acompañado de signos, señales que se vieron y sintieron:

  • Estruendo de viento recio que llenó todo el aposento alto, signo del poder de Dios.
  • Lenguas repartidas como de fuego, asentándose sobre cada uno de los discípulos, signo del testimonio ardiente.
  • Oír hablar a los discípulos de Jesús y cada uno de los pueblos allí representados escuchar el mensaje en su propia lengua, signo de la universalidad el mensaje cristiano.
"¿Qué está pasando?", se preguntaron los habitantes de Jerusalén unos a otros atónitos y perplejos.  No faltaron los que se burlaron de los discípulos, pensando que estaban ebrios.  "No estamos ebrios", proclamó Pedro, poniéndose en pie.  "Ocurre lo que dijo el profeta:  En los postreros días, dice el Señor, derramaré mi Espíritu sobre toda carne... Y todo el que invocare el nombre del Señor será salvo".

Pentecostés, tiempo del Espíritu, de la convocación, de la Iglesia, de renovación, tiempo propicio, de gracia y salvación, hora de Dios...  "Todo el que invocare el nombre de Dios será salvo"...  Invocar el nombre de Dios no es otra cosa que, con arrepentimiento de los pecados, en expresión de fe y confianza, aceptar a Jesucristo como Señor y Salvador, ya que en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en que podamos ser salvos" (Hechos 4: 12).

Pentecostés no es sin más un evento del pasado, que ocurrió hace muchos años atrás, sino que es una realidad perenne, porque Dios ha reclamado, reclama y reclamará el corazón del ser humano para transformarlo por medio de su Santo Espíritu y conquistarlo para Cristo.  ¿No te parece fascinante el mensaje de Pentecostés?

Rev. Salvador Gavaldá Castelló

domingo, 12 de mayo de 2013

Exhortación Pastoral

Las Lágrimas de una Madre
En el Museo de Louvre, Paris, una de las mejores pinacotecas del mundo, se puede contemplar un cuadro de Ary Schefer, célebre pintor, en el que se refleja la estrecha relación que hubo entre San Agustín de Hipona y su santa madre Mónica, hasta el punto de formar hijo y madre una pareja inseparable.

Agustín nos dejó un magnífico retrato de lo que fue para él su madre, Mónica, en su escrito de las Confesiones.

Uno de los relatos más tiernos en la vida de Agustín lo encontramos pocos días antes de la muerte de su madre. Los dos se encontraban en Ostia Tiberiana, la ciudad portuaria de la Roma Imperial, alojados en una tranquila casa, retirados del bullicio de la gente, después de regresar de Milán y preparándose para el largo viaje de regreso a África. Madre e hijo estaban solos, asomados a una ventana que daba a un bello huerto. Hablaron de temas profundos relacionados con la vida del espíritu. Agustín ya había vuelto al redil del cristianismo. Cuando se preguntaban acerca del significado de la expresión evangélica "entra en el gozo de tu Señor(Mateo 25:21), Mónica tomó la palabra y dirigiéndose a su hijo dijo:  "Hijo mío, por lo que a mí toca, nada me deleita ya sobre la tierra.  No sé por qué y para qué estoy aún, agotadas como están para mi todas las esperanzas de este siglo.  Una cosa me movía a desear un poco más de vida, y era que quería verte cristiano antes de morir.  Esto me lo ha concedido el Señor muy más allá de mis esperanzas, pues veo que también tú has despreciado el mundo para servir a Dios.  ¿Qué sigo, pues, haciendo aquí? (Confesiones 9, 11).  Mónica a los cinco días cayó enferma con grandes fiebre y murió, lejos de su tierra natal.

Agustín sintió mucho la muerte de su madre.  "Mientras yo le cerraba los ojos invadía mi pecho una tristeza sin fondo de la cual se formaba un torrente de lágrimas que quería salir por los ojos; pero un viento imperio de mi voluntad me absorbía el torrente y mis ojos permanecían secos."
(Confesiones 9, 12).  Más tarde el Señor permitió que sus ojos derramaran lágrimas y expresara ante los demás su dolor.  Llegó a su corazón el consuelo de lo alto y sus húmedos ojos miraron al cielo con una plegaria:  "Gracias, Señor por aquella sierva tuya que me dio a luz en la carne para esta vida temporal, y me engendró en su corazón para que renaciese a la vida eterna" (Confesiones 9, 8).  ¡Y es que Mónica fue doblemente madre de Agustín!
Agustín, Obispo de Hipona, nació un 13 de noviembre del año 354 en la ciudad de Tagaste, en la Argelia actual.  Su padre, Patricio, era pagano.  Su madre, Mónica, mujer cristiana, comenzó a sembrar en su hijo recién nacido el tesoro del amor de Dios, enseñándole a romper los nudos de su lengua con la invocación a Dios y halagándole los oídos con la música del nombre de Jesús.  Lo reconoció él posteriormente, dirigiéndose a Dios:  "Tu misericordia hizo que el nombre de tu Hijo, mi Salvador, lo bebiera yo con la leche materna y lo tuviera siempre en muy alto lugar; razón por la cual una literatura que lo ignora, por verídica y pulida que pudiera ser, no lograba apoderarse de mí"(Confesiones 3, 4).

Mónica educó a su hijo en los principios de la fe cristiana y, junto a su esposo, lo encaminó en el estudio de las "letras" o humanidades, logrando el joven estudiante lo máximo a lo que podía aspirar un hombre culto de su tiempo:  profesor de retórica.

Con el tiempo, el joven y estudioso profesor se desvió del camino, abrazando líneas de pensamientos ajenas a la experiencia cristiana y llevando un ritmo de vida altamente reprochable desde el punto de vista de la ética cristiana.

A los treinta años llegó a la ciudad de Milán, ya que fue nombrado profesor de la cátedra de retórica por mediación de su profesor Simaco, prefecto de Roma.

Su madre oraba y lloraba por la conversión de su hijo.  Así lo expresó Agustín:  "Tu sierva fiel lloró por mí más de los que suelen todas las madres llorar los funerales corpóreos de sus hijos.  Ella lloraba por mi muerte espiritual con la fe que Tú le habías dado".  (Confesiones 3, 10).

La afligida madre, en su impaciencia por ver a su hijo en el correcto camino, se desahogó y pidió consejo a un obispo amigo.  "Déjalo en paz- le respondió el consejero- y solamente ruega a Dios por él.  Él mismo, con sus lecturas, acabará por descubrir su error y la mucha malicia que hay en él".  Y como ella no se resignaba, el obispo, un tanto molesto acabó por decirle:  "Déjame ya y que Dios te asista.  No es posible que se pierda el hijo con tantas lágrimas".

Mónica no sólo oraba y lloraba por la conversión de su hijo, sino que le seguía de cerca.  Y un día llegó a Milán con la firme persuación de que su hijo reencontraba el camino.  Y así fue.  Mónica, a quien el Señor ya había utilizado para que su esposo antes de morir se convirtiera, ahora ayudada por Ambrosio, Obispo de Milán, y el monje Simpliciano, fue usada por el Señor para tocar el corazón de su hijo.  ¡Que día tan memorable aquel cuando Agustín exclamó de rodillas:  "Me enviaste de lo alto tu mano, Señor, y sacaste mi alma de esta profunda oscuridad".

En adelante la historia y la espiritualidad del Obispo de Hipona y llamado teólogo de la Gracia, estaría trenzada en la influencia de su madre inolvidable.

¡Qué ejemplo el de Mónica! Su testimonio es el de todas las madres buenas, que viven para el bien de sus hijos, que en ocasiones son "hijos de lágrimas".

Felicidades, Madres, en su día. Que Dios les bendiga mucho y que todos sus sueños sean realidad para gloria del Señor y felicidad de cada una de ustedes.

Rev. Salvador Gavaldá Castelló

lunes, 6 de mayo de 2013

EXHORTACIÓN PASTORAL

Mi Dios y yo
Así comienza un antiguo, conocido y valorado himno, y así titulábamos el pasado domingo la reflexión dominical basada en el episodio de los caminantes de Emaús.  Y es que el bello contenido doctrinal del himno "Mi Dios y yo" resume prácticamente el mensaje que emana de una de las páginas más bellas de la Biblia, que nos narra la estampa de aquellos dos discípulos de Jesús de Nazareth, quienes el mismo día de la resurrección, estando el Señor vivo y teniendo noticia de ello, deciden regresar desilusionados y abatidos a su casa, en Emaús, alejándose de Jerusalén y de sus antiguos compañeros, en actitud derrotista, como si nada hubiese pasado, dando la espalda a la esperanza de una vida mejor y más digna por la que suspiraron mientras acompañaron al Maestro de Galilea.

El pasado domingo recordábamos en la predicación que durante el regreso a la aldea de Emaús, los discípulos tuvieron un compañero de trayecto excepcional, Cristo Resucitado, quien tuvo una animada y provechosa conversación con ellos.  Esta singular conversación hizo nacer en el espíritu de los caminantes de Emaús, al llegar a su destino, el ferviente deseo que Jesús, a quien todavía no habían reconocido, se quedara con ellos.  ¡Qué bella y oportuna súplica:  "Quédate con nosotros porque se hace tarde y el día declina"!

En el interior de la casa ocurrió algo sorprendente.  Al sentarse alrededor de la mesa, se esperaría que uno de los dos anfitriones tomara el pan y lo distribuyera; pero en este caso el invitado se adelantó, ya que tomó el pan en sus manos, lo bendijo y lo partió.  En ese preciso momento los ojos de los discípulos fueron abiertos y reconocieron a Jesús, el Resucitado.  Inmediatamente después comentaron entre ellos:  "¡Ahora comprendemos por qué nos emocionábamos tanto en el camino cuando nos hablaba y nos descubría el sentido de las Escrituras".  En la fracción del pan los discípulos no sólo vieron al Resucitado sino que lo experimentaron resucitado, por eso sus vidas fueron transformadas y con Cristo resucitaron a una vida nueva.

La fracción del pan, en el pensamiento teológico del Nuevo Testamento, es signo de la presencia espiritual, nueva y poderosa, del Resucitado en la vida de cada hombre y cada mujer creyente.

Generalmente cuando hablamos de la fracción o partimiento del pan en este episodio de la Resurrección lo relacionamos directa y exclusivamente con la Santa Cena o Comunión, donde el Cristo Glorioso se hace presente de una manera particular y misteriosa en la congregación de los creyentes y, a su vez, la configura como la comunidad de la Pascua, previa proclamación, naturalmente, de la Palabra.  Pero no necesariamente el gesto de la fracción o partimiento del pan en la mesa de los discípulos de Emaús, agota su significado de presencia del Señor Resucitado en la Santa Cena, ya que este gesto es signo también de la presencia del Señor, el Cristo, como compañero de camino, en el diario vivir de los hombres y las mujeres creyentes.

El texto sagrado nos indica que los dos discípulos una vez reconocieron al glorioso Jesús en el partimiento del pan, se levantaron de inmediato, desandando el camino que les trajo a Emaús desde Jerusalén.  No les importó si el sol se había puesto y reinaba la oscuridad, pues sus vidas, iluminadas y transformadas por la presencia del Resucitado, fueron impulsadas por el poder del cielo hacia el amanecer, el nuevo día.  Ya el Maestro no caminaba a su lado sino en sus corazones.

Caminar bíblicamente es vivir.  El cielo no nos garantiza que el caminar o vivir sea una experiencia exenta de dificultades, contratiempos y problemas; pero de lo que sí podemos estar seguros es de que la presencia del Cristo Resucitado en nuestra vida, dándonos fortaleza, luz, aliento, seguridad, paz, etc... y plena certidumbre en que nuestro destino final será glorioso y gozoso.

Quiero compartir con ustedes una experiencia inolvidable o, si prefieren, un testimonio de la presencia del poder del Resucitado en mi vida y en la de mi esposa Zulma.  Residía en el año 1988 junto a mi familia en la ciudad de Clifton, New Jersey.  Me dirigía junto con zulma a la Primera Iglesia Presbiteriana de Habla Española en Brooklyn, donde me desempeñaba como Pastor, por la ruta #80, la ruta acostumbrada; por la que atravesando el puente Washington y bordeando la parte este del Río Hudson, llegaba fácilmente a la comunidad de Williamsburg, donde está todavía ubicada la iglesia.  Tenía compromiso de reunirme con los maestros de Escuela Bíblica, como era costumbre los viernes, para preparar la clase de la Escuela Dominical.  Estaba asomando el invierno, hacía frío y un tenue manto de nieve había cubierto el firme de la ruta a seguir.  Nuestros hijos Salvador David y Juan Carlos, de 5 y 3 años respectivamente, se quedaron en casa al cuidado de un señor amigo, en quien tanto nosotros como ellos tuvimos gran confianza.  Todo parecía ir bien durante el trayecto hasta el momento en el que el carro se me barrió y, golpeando la barreda de seguridad, quedó en dirección contraria.  Un camión con sus potentes luces venía hacia nosotros e inevitablemente nos iba a arrollar, pues a causa del estado de la carretera no tenía margen de maniobra.  En mi vida me he encontrado frente a la muerte en varias ocasiones, pero nunca la había visto tan cerca como en aquella ocasión.  Ni de la boca de Zulma ni de la mía salió expresión alguna, simplemente en nuestro silencio paralizante nos encomendamos a Dios.  En conversación posterior caímos en la cuenta de que los dos coincidimos en la misma  plegaria:  "En tus manos, Señor".  Algo sorprendente ocurrió en un abrir y cerrar de ojos.  El camión desapareció de nuestra vista y nuestro carro con nosotros dentro, como si hubiese sido transportado por una fuerza misteriosa, apareció fuera de la ruta #80, en la salida a otra ruta, que de momento no identificamos, pero que posteriormente supimos que era la #46, la cual nos regresó a casa sanos y salvos.  Durante el trayecto de regreso, ya más sosegados, paramos un momento, nos abrazamos, y dimos gracias a Dios, y el resto del trayecto guardamos silencio reverente, pensando en lo que el cielo acababa de hacer con nosotros y por nosotros.  ¿Un acto providencial?  ¡Más que eso!  ¡Fue un milagro!  Nunca cesamos de dar gracias a Dios, el compañero de camino, por ello.  Desde entonces el himno "Mi Dios y yo" tiene para nosotros un atractivo especial, y por eso, solos o acompañados, tarareando abiertamente, en la calma o en la tormenta cantamos con entusiasmo y sentido:
"MI DIOS Y YO andamos por la senda, juntas las manos en firme amistad.  De su sonrisa y dulce voz disfruto.  Mi Dios y yo, unidos en lealtad.  Mi Dios me habla de sus planes idos y de sus planes hechos para mí.  Antes que Él el universo hiciera, mi eterno Dios velaba ya por mí.  Mi Dios y yo iremos siempre juntos, cada momento hasta el día final; cuando este mundo y todo aquí fenezca, con Él, con Dios, seré en la eternidad".

Y concluimos diciendo:  ¡Amén! ¡Así sea!... a la voluntad del Señor.  ¡Amén!...tanto por la vida que Dios nos da como por la vida que nos reclama.  ¡Amén!...tanto en la bonanza como en la tormenta.  ¡Amén!...tanto en el problema como en la solución.  ¡Amén!...tanto en lo fácil como en lo complicado.  ¡Amén!, tanto en la tierra como el cielo, en el tiempo como en la eternidad... ¡Amén! y ¡Amén!... hoy y siempre.

Rev. Salvador Gavaldá Castelló