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En semanas anteriores habíamos estado siguiendo las partes del evangelio de Marcos que ubican a Jesús en camino a Jerusalén. Habíamos observado cómo este evangelio utiliza literariamente el recurso del “camino” como una manera para exponer enseñanzas de Jesús sobre lo que significa ser el Cristo/Mesías y lo que implica ser su seguidor(a) o discípulo(a). El texto que leíamos la semana pasada nos ubicaba con Jesús habiendo llegado a Jerusalén. Nos cuenta la narración bíblica que una vez en Jerusalén, Jesús entró en el templo y sacó de allí a los que estaban haciendo negocios con la fe y explotando a la gente sencilla, cosa que, según Marcos, le ganó aún más el rechazo de los sacerdotes y los maestros de la ley (escribas), al punto de que estos conspiraban para matar a Jesús (11.18). Luego se nos cuenta sobre varios encuentros antagónicos entre el liderato político-religioso de Jerusalén y Jesús. Fariseos, sacerdotes, herodianos, saduceos y maestros de la ley intercambiaron argumentos con Jesús, quedando éstos en vergüenza ante la sabiduría de sus palabras. El encuentro que vimos la semana anterior se distingue de los demás en el sentido de que no fue antagónico, se trataba de un maestro de la ley al que – para sorpresa nuestra – Jesús le dijo: «no está(s) lejos del reino de Dios» (12.34). A la luz de ese pronunciamiento, nos percatamos que Jesús no necesariamente tenía problemas con todos los maestros de la ley, sino con aquellos que se comportaban de cierta manera...
La labor de un maestro de la ley era una labor muy noble e importante: los maestros de la ley hacían las veces de transcriptores (copistas del texto bíblico), abogados, teólogos, instructores e intérpretes de las Escrituras Hebreas (lo que para nosotros es Antiguo Testamento). Sus funciones eran necesarias para preservar la identidad cultural y religiosa de los judíos. Por esa razón nos puede resultar un poco perturbador encontrar a Jesús diciendo: “tengan cuidado de los maestros de la ley...» (12.38). Cuando escuchamos una advertencia tipo “ten cuidado de”, por lo general se trata de aquellas personas que evidentemente pueden hacernos algún tipo de daño. Pero aquí la advertencia va dirigida contra sujetos cuyas funciones por definición implicaban hacer el bien... El problema con ellos es que en la práctica se habían apartado de su vocación y se corrompieron. Lejos de servir a los demás, se servían de los demás al punto de aprovecharse de las personas más vulnerables de su sociedad (lit. «devoran las casas de las viudas», 12.40). Dejaron atrás su vocación de instruir al pueblo y enseñar la palabra de Dios y se concentraron en alimentar su arrogancia y ambición escondiéndose tras una apariencia de devoción. Se convirtieron en exhibicionistas religiosos que usaban su conducta ostentosa y falsa piedad para esconder sus injusticias.
El texto bíblico funciona como un espejo en el cual podemos ver reflejada nuestra propia imagen. ¿Acaso es nuestra conducta similar a la de los escribas? De nada sirve nuestra devoción religiosa, nuestras oraciones, canciones y rituales si en la práctica seguimos viviendo como si fuésemos el centro del mundo. Si el corazón sigue enfocado en el “yo”, si somos insensibles ante los padecimientos ajenos, si miramos “por encima del hombro” a los(as) demás, si no tratamos al prójimo con compasión y justicia, si en el fondo disfrutamos más el ser servidos que el servir, entonces no hay diferencia entre nosotros(as) y los maestros de la ley descritos por Jesús.
Ahora bien, actuando como espejo el texto bíblico nos presenta dos imágenes en adición a la imagen de los escribas ostentosos. Allí en el templo de Jerusalén Jesús observó a los que aparentaban generosidad, pero en realidad estaban tan concentrados en sí mismos como los maestros de la ley. Sus ofrendas podrían impresionar al ojo común, pero ciertamente no impresionaron al Señor. El texto bíblico presenta a Jesús leyendo el corazón, observando la interioridad y no las apariencias externas. De igual manera Jesús observó a «una viuda pobre» (12.42) que demostró mayor devoción que los maestros de la ley y los ricos del templo juntos. Aquellos poderosos, que pertenecían a una minoría social privilegiada, daban de lo que les sobraba (12.44). ¿Es generosidad dar lo que no se necesita? ¿Es desprendimiento genuino dar de lo que sobra? No nos confundamos: el contraste aquí no está en las cantidades, sino en la actitud. Más que ser un asunto de dinero, es un asunto de prioridades. La acción de aquella viuda pobre desenmascara todas nuestras excusas a la hora de aportar, servir y entregarse. Aquella viuda pobre enseñó mejor que los maestros de la ley y ofrendó más que los ricos del templo de Jerusalén. Aquella viuda pobre estaba en más armonía con el ejemplo y la práctica de Jesús que lo que estaban sus discípulos y – tal vez – nosotros(as). Jesús es el supremo ejemplo de la sinceridad, el desprendimiento y la entrega total en su camino hacia la cruz... sean nuestras vidas transformadas a su imagen.


