domingo 8 de noviembre de 2009

Pero una viuda pobre

Marcos 12.38-44 NVI
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En semanas anteriores habíamos estado siguiendo las partes del evangelio de Marcos que ubican a Jesús en camino a Jerusalén. Habíamos observado cómo este evangelio utiliza literariamente el recurso del “camino” como una manera para exponer enseñanzas de Jesús sobre lo que significa ser el Cristo/Mesías y lo que implica ser su seguidor(a) o discípulo(a). El texto que leíamos la semana pasada nos ubicaba con Jesús habiendo llegado a Jerusalén. Nos cuenta la narración bíblica que una vez en Jerusalén, Jesús entró en el templo y sacó de allí a los que estaban haciendo negocios con la fe y explotando a la gente sencilla, cosa que, según Marcos, le ganó aún más el rechazo de los sacerdotes y los maestros de la ley (escribas), al punto de que estos conspiraban para matar a Jesús (11.18). Luego se nos cuenta sobre varios encuentros antagónicos entre el liderato político-religioso de Jerusalén y Jesús. Fariseos, sacerdotes, herodianos, saduceos y maestros de la ley intercambiaron argumentos con Jesús, quedando éstos en vergüenza ante la sabiduría de sus palabras. El encuentro que vimos la semana anterior se distingue de los demás en el sentido de que no fue antagónico, se trataba de un maestro de la ley al que – para sorpresa nuestra – Jesús le dijo: «no está(s) lejos del reino de Dios» (12.34). A la luz de ese pronunciamiento, nos percatamos que Jesús no necesariamente tenía problemas con todos los maestros de la ley, sino con aquellos que se comportaban de cierta manera...

La labor de un maestro de la ley era una labor muy noble e importante: los maestros de la ley hacían las veces de transcriptores (copistas del texto bíblico), abogados, teólogos, instructores e intérpretes de las Escrituras Hebreas (lo que para nosotros es Antiguo Testamento). Sus funciones eran necesarias para preservar la identidad cultural y religiosa de los judíos. Por esa razón nos puede resultar un poco perturbador encontrar a Jesús diciendo: “tengan cuidado de los maestros de la ley...» (12.38). Cuando escuchamos una advertencia tipo “ten cuidado de”, por lo general se trata de aquellas personas que evidentemente pueden hacernos algún tipo de daño. Pero aquí la advertencia va dirigida contra sujetos cuyas funciones por definición implicaban hacer el bien... El problema con ellos es que en la práctica se habían apartado de su vocación y se corrompieron. Lejos de servir a los demás, se servían de los demás al punto de aprovecharse de las personas más vulnerables de su sociedad (lit. «devoran las casas de las viudas», 12.40). Dejaron atrás su vocación de instruir al pueblo y enseñar la palabra de Dios y se concentraron en alimentar su arrogancia y ambición escondiéndose tras una apariencia de devoción. Se convirtieron en exhibicionistas religiosos que usaban su conducta ostentosa y falsa piedad para esconder sus injusticias.

El texto bíblico funciona como un espejo en el cual podemos ver reflejada nuestra propia imagen. ¿Acaso es nuestra conducta similar a la de los escribas? De nada sirve nuestra devoción religiosa, nuestras oraciones, canciones y rituales si en la práctica seguimos viviendo como si fuésemos el centro del mundo. Si el corazón sigue enfocado en el “yo”, si somos insensibles ante los padecimientos ajenos, si miramos “por encima del hombro” a los(as) demás, si no tratamos al prójimo con compasión y justicia, si en el fondo disfrutamos más el ser servidos que el servir, entonces no hay diferencia entre nosotros(as) y los maestros de la ley descritos por Jesús.

Ahora bien, actuando como espejo el texto bíblico nos presenta dos imágenes en adición a la imagen de los escribas ostentosos. Allí en el templo de Jerusalén Jesús observó a los que aparentaban generosidad, pero en realidad estaban tan concentrados en sí mismos como los maestros de la ley. Sus ofrendas podrían impresionar al ojo común, pero ciertamente no impresionaron al Señor. El texto bíblico presenta a Jesús leyendo el corazón, observando la interioridad y no las apariencias externas. De igual manera Jesús observó a «una viuda pobre» (12.42) que demostró mayor devoción que los maestros de la ley y los ricos del templo juntos. Aquellos poderosos, que pertenecían a una minoría social privilegiada, daban de lo que les sobraba (12.44). ¿Es generosidad dar lo que no se necesita? ¿Es desprendimiento genuino dar de lo que sobra? No nos confundamos: el contraste aquí no está en las cantidades, sino en la actitud. Más que ser un asunto de dinero, es un asunto de prioridades. La acción de aquella viuda pobre desenmascara todas nuestras excusas a la hora de aportar, servir y entregarse. Aquella viuda pobre enseñó mejor que los maestros de la ley y ofrendó más que los ricos del templo de Jerusalén. Aquella viuda pobre estaba en más armonía con el ejemplo y la práctica de Jesús que lo que estaban sus discípulos y – tal vez – nosotros(as). Jesús es el supremo ejemplo de la sinceridad, el desprendimiento y la entrega total en su camino hacia la cruz... sean nuestras vidas transformadas a su imagen.

domingo 1 de noviembre de 2009

La decisión principal

Rut 1.1-18; Marcos 12.28-34
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Un importante ejercicio en la vida de cada ser humano es el proceso de tomar decisiones. No se puede ser humano sin tomar decisiones, constantemente nos encontramos ante eventos que requieren que optemos por una de varias alternativas. La necesidad de tomar decisiones va desde las cosas más sencillas y triviales hasta aquellos asuntos de peso que requieren cuidadosa consideración antes de decidir. Esta mañana al levantarte, tuviste que decidir entre asistir al acto de adoración a Dios, o quedarte durmiendo o haciendo alguna otra cosa. Más aún, tuviste que decidir, entre la ropa que tienes en el armario, cuál o cuáles piezas de vestir ibas a utilizar. Y si eres como cualquier otra persona, alguna vez habrás tenido la experiencia de probarte varias piezas ante el espejo antes de decidir por alguna en particular.

La necesidad de decidir se hace evidente en nuestro País cuando cada cuatro años nos acercamos al proceso de elecciones generales y el restante tiempo de cada cuatrienio lo pasamos enredados en las disputas de quién o quienes deberán ser los(as) candidatos en cada partido. Claro está, el proceso de tomar decisiones se extiende a otras áreas de la vida, más allá del asunto político. Se extiende a las relaciones familiares, se extiende a los estudios, se extiende al empleo, incluso al lugar y modo de vivienda. Sencillas o complicadas, todos(as) tenemos que tomar decisiones. El relato del Antiguo Testamento para hoy nos presenta la decisión que tomó una joven llamada Rut.

Cuenta esta narración bíblica que en el antiguo Belén de Judá sobrevino una escasez de alimento que llevó a una familia a mudarse a otra tierra, Moab. Esta familia se componía de un matrimonio y sus dos hijos varones. Los hijos crecieron en la nueva tierra y eventualmente se casaron con mujeres de la región. Tanto el padre como los dos hijos murieron, por lo que quedaron viudas la madre (Noemí) y las dos nueras (Orfa y Rut). Noemí se enteró de que la situación en Israel había mejorado, por lo cual decidió regresar a su lugar de origen. Sus nueras quisieron regresar con ella, pero ella les insistió argumentando que debían quedarse en Moab y rehacer sus vidas con nuevos esposos. Una de ellas, Orfa, con mucha tristeza hizo caso a su suegra y se despidió. Pero la otra, Rut, tomó la firme decisión de continuar acompañando a su suegra doquiera que esta fuera: «¡No insistas en que te abandone o en que me separe de ti! Porque iré adonde tú vayas y viviré donde tú vivas. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios. Moriré donde tú mueras y allí seré sepultada. ¡Que me castigue el Señor con toda severidad si me separa de ti algo que no sea la muerte!» (Rut 1.17).

¿Qué les parece? Tremenda decisión, ¿no? La decisión de Rut implicaba un cambio de vida radical. Estaba decidida a cambiar su morada y aún sus creencias, por amor a aquella mujer que había sido su suegra. Decisiones como esta no se presentan todos los días, pero definitivamente las tenemos que enfrentar.

En el pasaje del Nuevo Testamento vemos que Jesús tuvo también que tomar una decisión. Un maestro de la ley judía se le acercó y le preguntó: «De todos los mandamientos, ¿cuál es el más importante?» (Marcos 12.28). Esta no era una decisión fácil si tomamos en cuenta el hecho de que la ley tenía más de seiscientos mandamientos y este escriba le pidió a Jesús que decidiera solo por uno. Si se hace difícil decidir cuando tenemos dos o tres alternativas, ¡cuánto más difícil será decidir cuando tenemos sobre seiscientas! Jesús decidió y, al hacerlo, sentó las bases de lo que es la buena vida, la vida a la altura del reino de Dios, la vida según la buena voluntad divina: «Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es ‘ama a tu prójimo como a ti mismo’. No hay mandamiento más importante que éstos.» (12.30-31)

Sobre la respuesta de Jesús hay un varios puntos que debemos señalar. PRIMERO. A Jesús le pidieron que decidiera sobre cuál de todos los mandamientos es el principal o el más importante. Pero la respuesta de Jesús incluyó dos mandatos en lugar de uno. Para Jesús no hay divorcio entre el amor a Dios y el amor al prójimo. No son dos clases de amor separados, es el mismo amor. El amor a Dios sobre todas las cosas debe llevarnos a una vida de amor al prójimo. Había y hay quienes piensan que amar a Dios es solamente llevar una vida de contemplación y adoración ritual. Pero la enseñanza de Jesús claramente establece que el amor a Dios es algo que afecta y se manifiesta en todos los aspectos de la vida: la vida litúrgica y la práctica diaria. No es posible afirmar que se ama a Dios si este amor no se practica en las relaciones con los(as) demás.

SEGUNDO. Cuando Jesús habla sobre el amor a Dios lo hace citando un mandamiento que los judíos acostumbran orar o recitar dos veces al día (Deuteronomio 6.4-5), de modo que la respuesta era conocida, al menos conceptualmente (intelectualmente) por ellos. Ahora bien, te invito a observar algo que usualmente pasamos por alto. El amor a Dios debe expresarse con el corazón, alma, mente y fuerzas, pero, ¿cuál es la palabra que se repite en cada una de estas dimensiones de la vida: TODO el corazón, TODA tu alma, TODA tu mente, y TODAS tus fuerzas. El amor a Dios debe ser algo total, absoluto, completo. No se trata de migajas, o partes, Dios merece y espera TODO.

TERCERO. Usualmente vemos el amor como asunto de sentimientos y emociones, sin embargo, bíblicamente el amor no es entendido de esa manera. Lo que tenemos ante nosotros es un mandato para amar no una invitación a sentir. El amor es algo que conlleva acción en favor del ser amado. Tú decides amar, o no amar. Alimentas y nutres el amor, o simplemente lo dejas morir. El amor no llega y se va por arte de magia, es algo que requiere decisión, empeño y esfuerzo. Pero lo más interesante es que, si el Señor da el mandato de amar, es porque amar es algo posible y está a nuestro alcance.

De todas las decisiones que tengas que tomar en toda tu vida hay una que es la más importante. Se trata de la decisión que puede hacer la diferencia entre una vida de amargura y frustraciones o una vida feliz, una vida realizada, una vida que alcance la plenitud, una vida que se sea triunfante aún por encima de las circunstancias adversas y los tiempos de escasez. Todos los seres humanos enfrentamos los mismos problemas y las mismas frustraciones, pero quien ama a Dios y al prójimo, las enfrenta con esperanza y paz interior. En esto no puedes darte el lujo de ser – como le llaman los políticos a muchas personas en el país – un indeciso(a). Da el paso y sigue la voz del Señor. La decisión puede implicar un cambio de vida radical, pero es algo que definitivamente vale la pena hacer.

Leccionario: Noviembre de 2009

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