domingo, 19 de mayo de 2013

EXHORTACIÓN PASTORAL

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

"Una particular y eficaz presencia"

En la plaza Roja de Moscú hay una famosa tumba, la de Vladimiro Ilich Utianov(Lenin), visitada en el pasado por millones y millones de seguidores y hoy, por escasos seguidores y bastantes curiosos.  El cuerpo se conserva en una urna de cristal a base de costosos tratamiento de químicos.  Allí hay una inscripción:  "Fue el más grande dirigente de todos los pueblos y de todos los tiempos.  Fue el salvador del mundo".  Es curioso... En las afueras de Jerusalén hay otra famosa tumba, excavado en roca, sencilla, visitada también por millones de personas.  Se le conoce como "La Tumba Vacía", y a la entrada hay una inscripción que dice:  "No está aquí...¡Ha resucitado!".  Es la tumba en la que fue depositado el cuerpo del Maestro de Galilea.  Lenin, como cualquier ser humano por famoso que haya sido... fue; sin embargo, Jesús de Nazareth... es, ya que ha resucitado y vive eternamente...  "¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?...  Y porque vive tiene pleno cumplimiento la trascendental promesa:  "Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo"; de modo que cada uno de nosotros, sus seguidores, podemos experimentar una particular y eficaz presencia de Jesús, el Resucitado, el Señor, el Cristo, en nuestra vida.

No cabe duda que la ausencia física de Jesús, una vez que resucitó y ascendió al cielo, debió suscitar una tremenda preocupación para sus inmediatos seguidores, cuyas vidas estuvieron tan impregnadas de la presencia física del Maestro y Señor...  ¿Cómo oírle?...  ¿Cómo interpretar sus enseñanzas y dar sentido a las mismas?...  ¿Cómo hacer frente a las dificultades que puedan surgir?...  ¿Cómo sentir el apoyo, consuelo y dirección de Jesús ante las mismas?...  ¿Cómo continuar su obra en la tierra?...  ¿Cómo organizarse como seguidores del camino, si el que es Camino apenas ha dejado esbozada la estructura de lo que posteriormente será llamada Iglesia?...  ¿Cómo ser buenos testigos de la Comisión?...  En fin...  ¿Cómo...?  Etc...  ¡Preguntas muy genuinas!  Es por eso que el Apóstol Juan les recuerda a los primeros cristianos en su evangelio lo que dijo Jesús, poco antes de partir, acerca de la naturaleza y particular presencia, una vez glorificado, y de la eficacia de esa presencia en la vida de su iglesia...  "Creéis en Dios, creed también en mí...  No se turbe vuestro corazón...  Me voy, pero con un propósito...  Descuidad, no os dejaré huérfanos".  E inmediatamente, Jesús empieza a describir la verdadera naturaleza de esa nueva presencia:  "Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador (állon parákleton=de la misma naturaleza) para que esté con vosotros para siempre...  El espíritu de la Verdad" es más...  "Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuere, el Consolador no vendrá a vosotros; más si me fuere, os lo enviaré.  Y... ¿qué hará?...  "El Consolador, el Espíritu de la Verdad, a quien el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que os he dicho"...  Y en esto de enseñar y recordar...  "No hablará por su propia cuenta; porque tomará de lo mío y os lo hará saber... Y haciendo esto...  me alabará y me honrará al mostraros mi gloria".

¡Qué palabras tan trascendentales!  ¡Dios se hace presente en Cristo en el corazón de cada creyente por medio de su Santo Espíritu!...  ¿Cuándo y cómo ocurre esto?  Es necesario para contestar a esta pregunta, asomarnos con renovada disposición a la experiencia de fe de los primeros discípulos de Jesús el día de Pentecostés, y valorar cada uno de los elementos que son parte de la riqueza inagotable de aquella primera efusión del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia.

El libro de los Hechos se abre con la narración de la última aparición de Cristo Resucitado, antes de ascender al cielo.  Los discípulos, a partir de ese momento, no volverían a verlo con los ojos físicos.  Antes de ascender al cielo, les mandó que no se fueran de Jerusalén y allí esperasen la promesa del Padre, la cual oyeron de él...  "Porque Juan ciertamente bautizó con agua, más vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro no de pocos días".

¿Qué puede significar el bautismo con el Espíritu Santo?, nos preguntamos...  ¿Acaso aquellos primeros cristianos no habían sido testigos de la resurrección de Cristo y la habían internalizado?...  ¿No habían elegidos y llamados, a la luz de la resurrección, para ser discípulos de Jesús?...  ¿No habían sido comisionados por el mismo fulgor de la resurrección para ir por el mundo y predicar el Evangelio y revestidos de autoridad para realizar en el nombre del Señor hechos portentosos?...  Al parecer, a estas alturas, los inmediatos seguidores de Jesús todavía no habían comprendido el sentido profundo del significado de ser bautizados dentro de no pocos días con el Espíritu Santo, y piensan en la posible restauración del reino de Israel.  Jesús no contesta directamente a la pregunta de sus discípulos de cuándo va a ser restaurado el reino de David, y pasa a explicar el bautismo con el Espíritu Santo diciendo:  "Recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta los confines de la tierra".  Esta afirmación en labios de Jesús es clave e indica la finalidad del derramamiento del Espíritu y, por consiguiente, del bautismo del Espíritu que los discípulos están a punto de recibir.  Recibirán el poder del Espíritu Santo, que es poder de Dios y serán, gracias a Él, testigos eficaces del Resucitado en todos los lugares del mundo.  Obedeciendo la orden de Jesús, los discípulos permanecen "unánimes juntos" (Unidos en corazón y propósito) en Jerusalén, no sin antes "perseverar en oración y ruego", cuando llega el día de Pentecostés.  ¿Qué pasó ese día?  El Espíritu Santo fue derramado en los corazones de los primeros seguidores del Señor Jesús, y ese derramamiento estuvo acompañado de signos, señales que se vieron y sintieron:

  • Estruendo de viento recio que llenó todo el aposento alto, signo del poder de Dios.
  • Lenguas repartidas como de fuego, asentándose sobre cada uno de los discípulos, signo del testimonio ardiente.
  • Oír hablar a los discípulos de Jesús y cada uno de los pueblos allí representados escuchar el mensaje en su propia lengua, signo de la universalidad el mensaje cristiano.
"¿Qué está pasando?", se preguntaron los habitantes de Jerusalén unos a otros atónitos y perplejos.  No faltaron los que se burlaron de los discípulos, pensando que estaban ebrios.  "No estamos ebrios", proclamó Pedro, poniéndose en pie.  "Ocurre lo que dijo el profeta:  En los postreros días, dice el Señor, derramaré mi Espíritu sobre toda carne... Y todo el que invocare el nombre del Señor será salvo".

Pentecostés, tiempo del Espíritu, de la convocación, de la Iglesia, de renovación, tiempo propicio, de gracia y salvación, hora de Dios...  "Todo el que invocare el nombre de Dios será salvo"...  Invocar el nombre de Dios no es otra cosa que, con arrepentimiento de los pecados, en expresión de fe y confianza, aceptar a Jesucristo como Señor y Salvador, ya que en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en que podamos ser salvos" (Hechos 4: 12).

Pentecostés no es sin más un evento del pasado, que ocurrió hace muchos años atrás, sino que es una realidad perenne, porque Dios ha reclamado, reclama y reclamará el corazón del ser humano para transformarlo por medio de su Santo Espíritu y conquistarlo para Cristo.  ¿No te parece fascinante el mensaje de Pentecostés?

Rev. Salvador Gavaldá Castelló

domingo, 12 de mayo de 2013

Exhortación Pastoral

Las Lágrimas de una Madre
En el Museo de Louvre, Paris, una de las mejores pinacotecas del mundo, se puede contemplar un cuadro de Ary Schefer, célebre pintor, en el que se refleja la estrecha relación que hubo entre San Agustín de Hipona y su santa madre Mónica, hasta el punto de formar hijo y madre una pareja inseparable.

Agustín nos dejó un magnífico retrato de lo que fue para él su madre, Mónica, en su escrito de las Confesiones.

Uno de los relatos más tiernos en la vida de Agustín lo encontramos pocos días antes de la muerte de su madre. Los dos se encontraban en Ostia Tiberiana, la ciudad portuaria de la Roma Imperial, alojados en una tranquila casa, retirados del bullicio de la gente, después de regresar de Milán y preparándose para el largo viaje de regreso a África. Madre e hijo estaban solos, asomados a una ventana que daba a un bello huerto. Hablaron de temas profundos relacionados con la vida del espíritu. Agustín ya había vuelto al redil del cristianismo. Cuando se preguntaban acerca del significado de la expresión evangélica "entra en el gozo de tu Señor(Mateo 25:21), Mónica tomó la palabra y dirigiéndose a su hijo dijo:  "Hijo mío, por lo que a mí toca, nada me deleita ya sobre la tierra.  No sé por qué y para qué estoy aún, agotadas como están para mi todas las esperanzas de este siglo.  Una cosa me movía a desear un poco más de vida, y era que quería verte cristiano antes de morir.  Esto me lo ha concedido el Señor muy más allá de mis esperanzas, pues veo que también tú has despreciado el mundo para servir a Dios.  ¿Qué sigo, pues, haciendo aquí? (Confesiones 9, 11).  Mónica a los cinco días cayó enferma con grandes fiebre y murió, lejos de su tierra natal.

Agustín sintió mucho la muerte de su madre.  "Mientras yo le cerraba los ojos invadía mi pecho una tristeza sin fondo de la cual se formaba un torrente de lágrimas que quería salir por los ojos; pero un viento imperio de mi voluntad me absorbía el torrente y mis ojos permanecían secos."
(Confesiones 9, 12).  Más tarde el Señor permitió que sus ojos derramaran lágrimas y expresara ante los demás su dolor.  Llegó a su corazón el consuelo de lo alto y sus húmedos ojos miraron al cielo con una plegaria:  "Gracias, Señor por aquella sierva tuya que me dio a luz en la carne para esta vida temporal, y me engendró en su corazón para que renaciese a la vida eterna" (Confesiones 9, 8).  ¡Y es que Mónica fue doblemente madre de Agustín!
Agustín, Obispo de Hipona, nació un 13 de noviembre del año 354 en la ciudad de Tagaste, en la Argelia actual.  Su padre, Patricio, era pagano.  Su madre, Mónica, mujer cristiana, comenzó a sembrar en su hijo recién nacido el tesoro del amor de Dios, enseñándole a romper los nudos de su lengua con la invocación a Dios y halagándole los oídos con la música del nombre de Jesús.  Lo reconoció él posteriormente, dirigiéndose a Dios:  "Tu misericordia hizo que el nombre de tu Hijo, mi Salvador, lo bebiera yo con la leche materna y lo tuviera siempre en muy alto lugar; razón por la cual una literatura que lo ignora, por verídica y pulida que pudiera ser, no lograba apoderarse de mí"(Confesiones 3, 4).

Mónica educó a su hijo en los principios de la fe cristiana y, junto a su esposo, lo encaminó en el estudio de las "letras" o humanidades, logrando el joven estudiante lo máximo a lo que podía aspirar un hombre culto de su tiempo:  profesor de retórica.

Con el tiempo, el joven y estudioso profesor se desvió del camino, abrazando líneas de pensamientos ajenas a la experiencia cristiana y llevando un ritmo de vida altamente reprochable desde el punto de vista de la ética cristiana.

A los treinta años llegó a la ciudad de Milán, ya que fue nombrado profesor de la cátedra de retórica por mediación de su profesor Simaco, prefecto de Roma.

Su madre oraba y lloraba por la conversión de su hijo.  Así lo expresó Agustín:  "Tu sierva fiel lloró por mí más de los que suelen todas las madres llorar los funerales corpóreos de sus hijos.  Ella lloraba por mi muerte espiritual con la fe que Tú le habías dado".  (Confesiones 3, 10).

La afligida madre, en su impaciencia por ver a su hijo en el correcto camino, se desahogó y pidió consejo a un obispo amigo.  "Déjalo en paz- le respondió el consejero- y solamente ruega a Dios por él.  Él mismo, con sus lecturas, acabará por descubrir su error y la mucha malicia que hay en él".  Y como ella no se resignaba, el obispo, un tanto molesto acabó por decirle:  "Déjame ya y que Dios te asista.  No es posible que se pierda el hijo con tantas lágrimas".

Mónica no sólo oraba y lloraba por la conversión de su hijo, sino que le seguía de cerca.  Y un día llegó a Milán con la firme persuación de que su hijo reencontraba el camino.  Y así fue.  Mónica, a quien el Señor ya había utilizado para que su esposo antes de morir se convirtiera, ahora ayudada por Ambrosio, Obispo de Milán, y el monje Simpliciano, fue usada por el Señor para tocar el corazón de su hijo.  ¡Que día tan memorable aquel cuando Agustín exclamó de rodillas:  "Me enviaste de lo alto tu mano, Señor, y sacaste mi alma de esta profunda oscuridad".

En adelante la historia y la espiritualidad del Obispo de Hipona y llamado teólogo de la Gracia, estaría trenzada en la influencia de su madre inolvidable.

¡Qué ejemplo el de Mónica! Su testimonio es el de todas las madres buenas, que viven para el bien de sus hijos, que en ocasiones son "hijos de lágrimas".

Felicidades, Madres, en su día. Que Dios les bendiga mucho y que todos sus sueños sean realidad para gloria del Señor y felicidad de cada una de ustedes.

Rev. Salvador Gavaldá Castelló

lunes, 6 de mayo de 2013

EXHORTACIÓN PASTORAL

Mi Dios y yo
Así comienza un antiguo, conocido y valorado himno, y así titulábamos el pasado domingo la reflexión dominical basada en el episodio de los caminantes de Emaús.  Y es que el bello contenido doctrinal del himno "Mi Dios y yo" resume prácticamente el mensaje que emana de una de las páginas más bellas de la Biblia, que nos narra la estampa de aquellos dos discípulos de Jesús de Nazareth, quienes el mismo día de la resurrección, estando el Señor vivo y teniendo noticia de ello, deciden regresar desilusionados y abatidos a su casa, en Emaús, alejándose de Jerusalén y de sus antiguos compañeros, en actitud derrotista, como si nada hubiese pasado, dando la espalda a la esperanza de una vida mejor y más digna por la que suspiraron mientras acompañaron al Maestro de Galilea.

El pasado domingo recordábamos en la predicación que durante el regreso a la aldea de Emaús, los discípulos tuvieron un compañero de trayecto excepcional, Cristo Resucitado, quien tuvo una animada y provechosa conversación con ellos.  Esta singular conversación hizo nacer en el espíritu de los caminantes de Emaús, al llegar a su destino, el ferviente deseo que Jesús, a quien todavía no habían reconocido, se quedara con ellos.  ¡Qué bella y oportuna súplica:  "Quédate con nosotros porque se hace tarde y el día declina"!

En el interior de la casa ocurrió algo sorprendente.  Al sentarse alrededor de la mesa, se esperaría que uno de los dos anfitriones tomara el pan y lo distribuyera; pero en este caso el invitado se adelantó, ya que tomó el pan en sus manos, lo bendijo y lo partió.  En ese preciso momento los ojos de los discípulos fueron abiertos y reconocieron a Jesús, el Resucitado.  Inmediatamente después comentaron entre ellos:  "¡Ahora comprendemos por qué nos emocionábamos tanto en el camino cuando nos hablaba y nos descubría el sentido de las Escrituras".  En la fracción del pan los discípulos no sólo vieron al Resucitado sino que lo experimentaron resucitado, por eso sus vidas fueron transformadas y con Cristo resucitaron a una vida nueva.

La fracción del pan, en el pensamiento teológico del Nuevo Testamento, es signo de la presencia espiritual, nueva y poderosa, del Resucitado en la vida de cada hombre y cada mujer creyente.

Generalmente cuando hablamos de la fracción o partimiento del pan en este episodio de la Resurrección lo relacionamos directa y exclusivamente con la Santa Cena o Comunión, donde el Cristo Glorioso se hace presente de una manera particular y misteriosa en la congregación de los creyentes y, a su vez, la configura como la comunidad de la Pascua, previa proclamación, naturalmente, de la Palabra.  Pero no necesariamente el gesto de la fracción o partimiento del pan en la mesa de los discípulos de Emaús, agota su significado de presencia del Señor Resucitado en la Santa Cena, ya que este gesto es signo también de la presencia del Señor, el Cristo, como compañero de camino, en el diario vivir de los hombres y las mujeres creyentes.

El texto sagrado nos indica que los dos discípulos una vez reconocieron al glorioso Jesús en el partimiento del pan, se levantaron de inmediato, desandando el camino que les trajo a Emaús desde Jerusalén.  No les importó si el sol se había puesto y reinaba la oscuridad, pues sus vidas, iluminadas y transformadas por la presencia del Resucitado, fueron impulsadas por el poder del cielo hacia el amanecer, el nuevo día.  Ya el Maestro no caminaba a su lado sino en sus corazones.

Caminar bíblicamente es vivir.  El cielo no nos garantiza que el caminar o vivir sea una experiencia exenta de dificultades, contratiempos y problemas; pero de lo que sí podemos estar seguros es de que la presencia del Cristo Resucitado en nuestra vida, dándonos fortaleza, luz, aliento, seguridad, paz, etc... y plena certidumbre en que nuestro destino final será glorioso y gozoso.

Quiero compartir con ustedes una experiencia inolvidable o, si prefieren, un testimonio de la presencia del poder del Resucitado en mi vida y en la de mi esposa Zulma.  Residía en el año 1988 junto a mi familia en la ciudad de Clifton, New Jersey.  Me dirigía junto con zulma a la Primera Iglesia Presbiteriana de Habla Española en Brooklyn, donde me desempeñaba como Pastor, por la ruta #80, la ruta acostumbrada; por la que atravesando el puente Washington y bordeando la parte este del Río Hudson, llegaba fácilmente a la comunidad de Williamsburg, donde está todavía ubicada la iglesia.  Tenía compromiso de reunirme con los maestros de Escuela Bíblica, como era costumbre los viernes, para preparar la clase de la Escuela Dominical.  Estaba asomando el invierno, hacía frío y un tenue manto de nieve había cubierto el firme de la ruta a seguir.  Nuestros hijos Salvador David y Juan Carlos, de 5 y 3 años respectivamente, se quedaron en casa al cuidado de un señor amigo, en quien tanto nosotros como ellos tuvimos gran confianza.  Todo parecía ir bien durante el trayecto hasta el momento en el que el carro se me barrió y, golpeando la barreda de seguridad, quedó en dirección contraria.  Un camión con sus potentes luces venía hacia nosotros e inevitablemente nos iba a arrollar, pues a causa del estado de la carretera no tenía margen de maniobra.  En mi vida me he encontrado frente a la muerte en varias ocasiones, pero nunca la había visto tan cerca como en aquella ocasión.  Ni de la boca de Zulma ni de la mía salió expresión alguna, simplemente en nuestro silencio paralizante nos encomendamos a Dios.  En conversación posterior caímos en la cuenta de que los dos coincidimos en la misma  plegaria:  "En tus manos, Señor".  Algo sorprendente ocurrió en un abrir y cerrar de ojos.  El camión desapareció de nuestra vista y nuestro carro con nosotros dentro, como si hubiese sido transportado por una fuerza misteriosa, apareció fuera de la ruta #80, en la salida a otra ruta, que de momento no identificamos, pero que posteriormente supimos que era la #46, la cual nos regresó a casa sanos y salvos.  Durante el trayecto de regreso, ya más sosegados, paramos un momento, nos abrazamos, y dimos gracias a Dios, y el resto del trayecto guardamos silencio reverente, pensando en lo que el cielo acababa de hacer con nosotros y por nosotros.  ¿Un acto providencial?  ¡Más que eso!  ¡Fue un milagro!  Nunca cesamos de dar gracias a Dios, el compañero de camino, por ello.  Desde entonces el himno "Mi Dios y yo" tiene para nosotros un atractivo especial, y por eso, solos o acompañados, tarareando abiertamente, en la calma o en la tormenta cantamos con entusiasmo y sentido:
"MI DIOS Y YO andamos por la senda, juntas las manos en firme amistad.  De su sonrisa y dulce voz disfruto.  Mi Dios y yo, unidos en lealtad.  Mi Dios me habla de sus planes idos y de sus planes hechos para mí.  Antes que Él el universo hiciera, mi eterno Dios velaba ya por mí.  Mi Dios y yo iremos siempre juntos, cada momento hasta el día final; cuando este mundo y todo aquí fenezca, con Él, con Dios, seré en la eternidad".

Y concluimos diciendo:  ¡Amén! ¡Así sea!... a la voluntad del Señor.  ¡Amén!...tanto por la vida que Dios nos da como por la vida que nos reclama.  ¡Amén!...tanto en la bonanza como en la tormenta.  ¡Amén!...tanto en el problema como en la solución.  ¡Amén!...tanto en lo fácil como en lo complicado.  ¡Amén!, tanto en la tierra como el cielo, en el tiempo como en la eternidad... ¡Amén! y ¡Amén!... hoy y siempre.

Rev. Salvador Gavaldá Castelló

domingo, 28 de abril de 2013

EXHORTACIÓN PASTORAL

Domingo, 28 de abril de 2013.
El pasado lunes, día 22 de abril, celebrábamos el Día de la Tierra. Como en años anteriores se nos invitó a reflexionar seriamente en la importancia de amar y cuidar nuestro planeta. Este año el lema de esta importante celebración fue "el rostro del cambio climático", ya que, en palabras de Ban Kimoon, Secretario General de la ONU, urge "reafirmar nuestra responsabilidad colectiva de promover la armonía con la naturaleza en un momento en el que nuestro planeta se encuentra amenazado por el cambio climático, la explotación insostenible de los recursos naturales y otros problemas creados por el ser humano".
Esto aplica a todos los habitantes de este planeta, pero particularmente a los de esta bendita Isla de Puerto Rico, ya que por aquello de nobleza obliga, hemos sido bendecidos por el Creador con una tierra bella y generosa.
Aunque desde mi pequeña terraza, (vivo en Laguna Gardens), disfruto de la incomparable vista del Yunque, suelo alejarme cuando la ocasión es propicia del área metropolitana y adentrarme en la Isla. Cada vez que lo hago, doy gracias a Dios porque todavía se puede disfrutar de un bello paisaje. ¡Cuántos matices de verdor escoltan el serpenteante camino montañoso y qué refrescantes, variados y juguetones saltos de agua! Pero, ante tanta bondad del Creador, no dejo de preguntarme en algún momento con cierta preocupación: ¿Por qué nos deshacemos tan fácilmente de nuestras montañas y cauces de ríos, pero sobre todo de los árboles? ¡Sí, de los árboles! ¡Sí los árboles desde que nacen son para nosotros fuente de bendición! ¿No será que en el fondo los envidiamos y por eso tronchamos su legítimo desarrollo? Quizás cueste aceptar cosas que los árboles nos recuerdan para mejorar nuestra relación con los demás y con el medio en el que vivimos. Por ejemplo, los árboles son particularmente generosos, ofreciendo mucho a cambio de nada. Es más, cuando los mutilamos, renacen con vigor para seguir dándose. Además, en su desarrollo conviven en armonía unos con otros y no abusan de la tierra, tomando sólo lo estrictamente necesario para alimentarse. ¡Qué gran lección! ¿Sabían que bíblicamente el árbol es signo tangible de la fuerza vital y de la provisión que ha esparcido Dios en la naturaleza creada?
Aunque lamentamos tanto maltrato en el mundo entero a nuestra tierra y abuso despiadado de sus recursos, hoy agradecemos al cielo el hecho de que, con el transcurrir del tiempo, se esté tomando conciencia de una buena mayordomía del planeta que habitamos. En el fondo, se trata de responder al propósito de Dios sobre los hombres y mujeres, seres privilegiados de la creación, teniendo en cuenta lo que somos y la responsabilidad de hacer buen uso de lo que se nos ha confiado. Por eso hoy, desde la perspectiva cristiana, se habla con mejor conocimiento y más énfasis que ayer de la mayordomía de la tierra o del ambiente. Y es que los habitantes de este planeta nos encontramos en una trascendental encrucijada: O cuidamos nuestra tierra y sus recursos o, más temprano que tarde, lo vamos a lamentar.
Lamentablemente vivimos en un mundo donde parece prevalecer aquello de "sálvase el que pueda". Y eso se aplica particularmente a la tierra y sus recursos. Los seres que habitamos este planeta no sólo damos la impresión de estar empeñados en destruirnos violentamente unos a los otros, sino que estamos decididos a acabar con la naturaleza contaminándola y explotándola sin misericordía al pretender acabar con los árboles, animales, bosques, selvas, montes, lagos, ríos, etc. Necesitamos, pues un cambio radical en nuestro pensar, sentir y actuar con respecto a nuestra tierra.
La Biblia, fuente de revelación divina, habla con claridad meridiana de la responsabilidad de cada uno de cuidar efectivamente la tierra y sus recursos. Ya en las primeras páginas, al narrarnos la creación del mundo y todo lo que lo habita, se establece que el ser humano no es dueño del mundo y sí un administrador. De no administrar adecuadamente, las consecuencias serán trágicas, ya que la vida humana se llenará de sufrimiento y dolor.
Es significativo el hecho de que Dios al escoger al pueblo por medio de la cual trajo restauración y salvación a la humanidad, le hizo caer en la cuenta de que Él no era sólo el salvador que le sacó de la esclavitud del Faraón, sino el Creador y Señor de todo cuanto existe. Como cuestión de hecho, un aspecto importante de la bendición de Dios es la promesa de una tierra. Y cuando Israel tomó posesión de ella, la Tierra de Promisión, donde cada miembro del pueblo fue llamado a vivir en libertad y prosperidad, se tuvo bien presente que la tierra y sus recursos son don de Dios, y se legisló para que nadie se creyera dueño absoluto de ella ni con derecho a abusarla.
Como señalabamos anteriormente, en medio de tanta reserva por el futuro de nuestro planeta, hay esperanza de que las cosas mejoren. Vemos a hombres y mujeres de todos los estratos sociales y religiosos que levantan su voz a favor de nuestra tierra y, lo mejor, con su acción sellan su voz de denuncia.
Nos produce mucha alegría la noticia de que la Organización de las Naciones Unidas otorgara al Dr. Ariel Lugo, hijo de nuestros amigos y hermanos Dr. Herminio Lugo y Ramonita Álvarez, la distinción de "Héroe del Bosque", por su valiosa contribución a la conservación, el cultivo y aprovechamiento de los bosques y montes. Necesitamos personas como el Dr. Lugo, Director del Instituto Internacional de Dasonomía Tropical del Servicio Forestal de los Estados Unidos, para que nuestra tierra sea gratamente habitable y sus recusos adecuadamente utilizados.
Quizás pensemos que nosotros no podemos hacer grandes contribuciones como el Dr. lugo y otros, a la conservación del planeta y sus recursos. Recordemos siempre que nuestra misión ser buenos mayordomos y, en la medida de lo posible, cuidar con nuestro granito de arena nuestro entorno ya que Dios lo ha creado para nuestro disfrute y bienestar. Hay múltiples maneras de contribuir. Tú bien sabes y yo también.
Dios te bendiga mucho en el ejercicio de la buena mayordomía de la tierra y sus recursos.

Rev. Salvador Gavaldá Castelló

sábado, 20 de abril de 2013

EXHORTACIÓN PASTORAL

Domingo, 21 de abril de 2013

¡"No os dejaré huérfanos, vendré a vosotros"!

Sócrates, el más grande filósofo de la antiguedad,
tuvo multitud de seguidores; pero también tuvo el número suficiente de enemigos que no toleraron la influencia del gran maestro en la sociedad y, acusándolo de delitos contra la religión y perversión de la juventud, se las arreglaron para que el tribunal lo condenara a muerte.

Sócrates se encontraba en la cárcel y después de despedirse de su mujer, Jantipa, y de sus tres hijos, fue notificado por el enviado del tribunal que ese mismo día al ponerse el sol, debía tomarse el veneno y hacer uso del "privilegio" que se le concedía de acabar él mismo, con su vida.  Cuando estaba a punto de ocultarse el sol y próximo a tomarse la infusión de cicuta, los discípulos más íntimos rodeaban al maestro, llorando desconsoladamente porque iban a quedarse huérfanos.  Sócrates les dio ánimo y se despidió de ellos para siempre.  De hecho, llevó con mucha solemnidad a sus labios la copa con el veneno mortal y al poco tiempo murió.  Los discípulos lamentaron durante toda su vida la ausencia del maestro.

Años después, Jesús de Nazaret, Maestro de Maestros, aunque en circunstancias menos dramáticas, se reunió con sus discípulos y les anunció su partida.  Anteriormente les había hecho saber que sería entregado en manos de sus enemigos, injustamente acusado, vilmente condenado y finalmente ajusticiado como un vulgar malhechor.  Los discípulos presentían un adiós definitivo y, como consecuencia, fueron presa de la tristeza y turbación.  Pero Jesús les dijo:  "No les dejaré huérfanos, vendré a ustedes...  En aquel día ustedes conocerán que yo estoy en mi Padre, y ustedes en mí, y yo en ustedes". (Juan 14: 18-20)

¡Que bien recordaron los discípulos de Jesús las palabras del Maestro el día de la resurrección!  Cristo había cumplido su palabra de no dejarles solos, estaría con ellos por medio de su Santo Espíritu, hasta el fin de los tiempos.  Podrían estar tranquilos y gozosos al sentir a Cristo presente en sus corazones, escuchar sus enseñanzas, interpretar correctamente sus palabras y darles un sentido exacto, hacer frente en su nombre a las dificultades, vivir como familia de hijos de Dios, testimoniar, etc.

¡Nosotros debemos recordar también estas palabras del Señor a los discípulos de todos los tiempos!  Cristo está presente por medio de su Santo Espíritu, en ti y en mi, es parte de tu vida y de mi vida, de la Iglesia.  Dirige, consuela, conforta, enseña, provee, etc.  La comunidad de fe tiene un tremendo potencial, pero debe estar alerta y en constante disponibilidad con corazón humilde, convencida de que el Maestro vive y que su presencia la hace poderosa para que sea instrumento de transformación de esta sociedad.

Rev. Salvador Gavaldá Castelló